MARINA CIENTÍFICA SIGLO XIX

MARINA CIENTÍFICA SIGLO XIX

La decadencia padecida por la nación española a consecuencia del calamitoso reinado de Fernando VII (1808-1833), que se prolongó hasta más allá de la regencia de su viuda María Cristina de Borbón (1833-1843), tuvo notables repercusiones en la Armada, principalmente en los campos científico y tecnológico, mantenidos a niveles mínimos gracias a la meritoria labor desarrollada por unos pocos supervivientes de mejores épocas, que se negaban a asistir impávidos al derrumbamiento total del espléndido pasado reciente del siglo XVIII.
José Sánchez Cerquero (1784-1850) tuvo el acierto de reorganizar en 1831 el Real Observatorio de San Fernando, la institución científica más prestigiosa de la Armada, consiguiendo acopio astronómico de primera calidad, lo que le permitió realizar a partir de 1833 observaciones meridianas, principal objetivo del Observatorio, junto con las de las ocultaciones de estrellas por la Luna, de eclipses de los satélites de Júpiter y de estrellas circumpolares. Desde 1856 comenzó a impartirse en esta institución el Curso de Estudios Superiores, que nutrió de oficiales con una alta preparación científica al propio Observatorio, el Depósito Hidrográfico, las comisiones científicas y el Colegio Naval. Gracias a ellos, se reactivó la Hidrografía, creándose la Comisión de la Península (1860), encargada de levantar la cartografía de las costas españolas e islas adyacentes, la cual se complementaría con las de las Antillas y las Filipinas.
El nombramiento en 1869 del capitán de navío Cecilio Pujazón (San Fernando 1833-San Fernando 1891) como director del Observatorio, propició una nueva reorganización interna que tuvo como resultado volcar el esfuerzo de la institución en las tareas más importantes: las observaciones astronómicas, el cálculo de las efemérides y el depósito y mantenimiento del instrumental náutico de la Armada. A estos cometidos se añadieron, en 1877, la creación de un Centro Meteorológico Marítimo y, en 1878, la del Centro de Agujas Magnéticas. La extraordinaria labor de Pujazón culminó con su participación en el levantamiento de la carta del cielo en París (1887-1891).
La Armada se dotó a lo largo del siglo XIX de instrumentos náuticos importados principalmente de Gran Bretaña y Francia; no obstante, existían talleres para la fabricación y reparación en los tres arsenales de Ferrol, Cartagena y La Carraca. Desde 1882 permaneció en actividad tan sólo este último, que en 1904 se trasladará al Observatorio de San Fernando como Sección de Instrumentos Náuticos.
Entre los cronometristas españoles que trabajaron para la Armada, destaca José Rodríguez de Losada (1797-1870), una de las más prestigiosas figuras europeas del siglo XIX en su especialidad, mientras que en el campo de la construcción de instrumentos náuticos de reflexión (quintantes y sextantes) y de precisión son notables los construidos por Pedro Torres (1827-1902), designado instrumentista del Observatorio de San Fernando en 1864.
Respecto a la práctica de la navegación, la Armada continuó utilizando hasta bien entrado el siglo XX los tratados y tablas astronómicas de José Mendoza y Ríos, con algunas adiciones y trabajos originales de Sánchez Cerquero (1784-1850), Fernández Fontecha (1834-1889) y Terry y Rivas (1838-1900).

La llegada al trono de Alfonso XII, que trajo consigo el fin de la guerra carlista y la de Cuba, originó la ineludible necesidad de crear una fuerza naval proporcionada a nuestros intereses europeos y ultramarinos, que en cierto modo nos liberase de la dependencia tecnológica del extranjero; de ahí nacieron las inquietudes de un grupo de notables oficiales de la Armada dedicados con tesón a la investigación en las diferentes especialidades de su profesión, y que lucharon con ahínco para sacar a España del atraso científico y tecnológico en que la habían sumido las convulsiones políticas y militares del siglo XIX.
Así, destacó en el campo de la Artillería naval el brigadier de la Armada José González Hontoria (1840-1889), autor de un sistema de cañones de acero, retrocarga y ánima rayada de los calibres de 7 a 32 cm que fue declarado reglamentario en la Armada, sin que podamos dejar de citar en este ramo la contribución de los trabajos de González Rueda, Guillén, Sarmiento y García-Lomas. En las Armas Submarinas fueron apreciables los estudios de Joaquín Bustamante y Quevedo (1847-1898) que dieron origen a una mina de orinque, declarada reglamentaria en 1885, y sus obras, entre otras, sobre aparatos de puntería para lanzamiento de torpedos. La electricidad y la telefonía llegaron a la Armada de la mano del teniente de navío José Luis Díez (1851-1887), fallecido prematuramente, cuando poco antes había recibido el reconocimiento internacional a su valía en la Exposición de Electricidad de Viena.
El entonces teniente de navío de primera Fernando Villaamil y Fernández Cueto (1845-1898) fue comisionado por Manuel de la Pezuela, ministro de Marina, para estudiar las especificaciones de un tipo de buque que, al mejorar las características de los torpederos de la época, pudiese alcanzar las necesarias para acompañar a las escuadras en toda clase de navegaciones. Fruto de sus estudios fue el proyecto del crucero-torpedero Destructor, construido en Escocia (1886), en realidad el primer cazatorpedero que existió, y su concepción, ampliada y desarrollada en la Gran Bretaña, dio origen a un nuevo tipo de buque de guerra: el destroyer, nombre adaptado tardíamente en España como "destructor", haciendo honor al prototipo concebido por Villaamil.
Precedido por las notables aportaciones de Cosme García (1818-1874) y Narciso Monturiol (1819-1885) a la resolución del problema de la navegación submarina, el teniente de navío Isaac Peral y Caballero (1851-1895) diseñó un prototipo de torpedero-submarino, que construido en La Carraca en 1888, sería el primero de su tipo donde se aplicó la propulsión eléctrica mediante baterías y que montó un tubo lanzatorpedos para emplear estas armas en inmersión, entre otras innovaciones.
Continuadores de la trayectoria iniciada en el campo de la historiografía marítima por José de Vargas Ponce (1760-1821) y Martín Fernández de Navarrete (1765-1844), destacaron los trabajos de los capitanes de navío Luis María de Salazar (1758-1838) y Javier de Salas (1832-1890), del vicealmirante Víctor María Concas y Palau (1845-1916), del marino y polígrafo Pedro de Novo y Colson (1846?1931) y, sobre todo, la ingente obra del capitán de navío y académico Cesáreo Fernández Duro (1830-1908), autor, entre otros trascendentales estudios, de la historia de la Armada española desde la unión de Castilla y de Aragón (1895-1903) en nueve volúmenes, y de las Disquisiciones Náuticas (1876-1881) en seis, trabajos aún no superados hoy en día.
Por último, cabe señalar las publicaciones de Federico Ardois (1846-1891) sobre la Táctica Naval, de Miguel Lobo Malagamba (1821-1876) y Pedro Prida y Palacio (1829-?) sobre señales, y del polígrafo Eugenio Agacino Martínez (1852-1924) en los campos legislativo y de derecho marítimo, así como los estudios del capitán de corbeta Jaime Janer Robinson (1884-1924), impulsor de las teorías sobre el tiro naval moderno en la Armada durante el primer cuarto del siglo XX.

 

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