REFORMAS

REFORMAS

El talento organizador y reformista de Patiño, Campillo, el marqués de la Ensenada y Valdés propició desde los comienzos del siglo XVIII un renacimiento de la formación científica y profesional de los cuerpos de oficiales de la Armada. Así, entre 1717 y 1772 se crearon en el Departamento de Cádiz las siguientes instituciones: la Academia de Guardias Marinas (1717), el Real Colegio de Cirugía de la Armada (1748), el Real Observatorio Astronómico (1753), la Escuela de Ingenieros de Marina (1772) y el Depósito Hidrográfico (1770), más tarde Dirección de Hidrografía (1797).

La Real Compañía de Guardias Marinas, al formar oficiales de gran valía intelectual, fue a su vez impulsora de esta corriente renovadora; ejemplos notables lo constituyeron Jorge Juan Santacilia (1713-1773) y Antonio de Ulloa (1716-1795), particularmente el primero, que a lo largo de veinticinco años será el gran impulsor, junto con Ensenada, de todas las iniciativas para la reorganización de la Armada y el máximo exponente de la ciencia española en el siglo XVIII.

 

La influencia de Jorge Juan y Antonio de Ulloa en todos los campos científicos fue notable; empezando por la expedición hispano-francesa para medir un arco de meridiano en Ecuador y así determinar la figura exacta de la Tierra (1735-1742), cuyos resultados plasmaron en obras insuperables: Relación histórica del viaje a la América meridional, y las Observaciones astronómicas y físicas (1748), completadas con las Noticias secretas de América (1826), que dieron a conocer en Europa el renacimiento de la ciencia española decaída desde el siglo XVII. Ensenada comisionó a Jorge Juan y Ulloa para que visitasen diversos países de Europa, de 1748 a 1751, con el objetivo de obtener información sobre la construcción naval y la enseñanza náutica, así como adquirir libros e instrumentos para dotar los establecimientos científicos y academias militares.

A lo largo del siglo prosiguieron estas comisiones, siendo de destacar la de Mendoza y Ríos en Londres y París (1789); el resultado de todas ellas fue pieza clave para acometer las reformas emprendidas para potenciar la construcción naval, la renovación de la enseñanza náutica y la introducción en España de las corrientes científicas europeas más avanzadas, como lo prueban la creación de las instituciones antes mencionadas y los trabajos de alto valor científico que produjeron los hombres de la Armada educados en aquel ambiente ilustrado de la segunda mitad del siglo XVIII. Así, Jorge Juan publicó, además de los trabajos mencionados, su Compendio de Navegación (1757) y el Examen Maritimo (1771), obra capital para la construcción naval; Antonio de Ulloa, experto en Botánica, Astronomía, Geología -fue el descubridor del platino-, Cartografía y Navegación, escribió entre otras ya citadas, varios libros que iban desde el Tratado físico e historia de la aurora boreal (1752) hasta El eclipse de sol con el anillo refractario de sus rayos (1779); Vicente Tofiño de San Miguel (1732-1795), insigne no sólo por su categoría científica sino por sus hechos de armas, impulsor del curso de Estudios Mayores en el Observatorio de San Fernando (1783), y autor de diversos compendios sobre geometría y derroteros de las costas de la Península y África, pero cuyo trabajo cumbre es el Atlas Marítimo de España (1789), obra capital de la Hidrografía española; José de Mendoza y Ríos (1763-1816), autor de un Tratado de navegación (1787) y de las Tablas náuticas (1807) que fueron empleadas en España y Gran Bretaña hasta la segunda mitad del siglo XIX, y, por último, Gabriel de Ciscar (1760-1829), teniente general de la Armada, autor de tratados de Cosmografía y Pilotaje e introductor del sistema métrico decimal en España. Por su erudición histórica destacaron José de Vargas Ponce (1760-1821), director de la Real Academia de la Historia (1804) y Martín Fernández de Navarrete (1765-1844), también director de la misma Academia y autor, entre otras obras, de la célebre Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles (1825-1837), la Disertación sobre la Historia de la Náutica (1846) y la Biblioteca Marítima (1849).

 

A partir de la llegada de la casa de Borbón al trono de España (1700) se hizo sentir la necesidad imperiosa de realizar un gran esfuerzo en la construcción naval, la industria militar y los recursos económicos que permitiesen sostener la renovada política expansiva en el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico propiciada por Alberoni y los siguientes ministros de Felipe V. La herencia que recibió el primer Borbón en lo que respecta a la construcción naval se limitaba a los astilleros del Cantábrico -Orio, Guarnizo y Pasajes- y en el Mediterráneo, los de Barcelona, San Feliú de Guixols, Arenys, Mataró y Sitges.

Como consecuencia de la creación de los Departamentos Marítimos de El Ferrol, Cádiz y Cartagena, se establecieron en sus cabeceras sendos arsenales para la construcción de todo tipo de navíos a mediados del reinado de Felipe V. El arsenal de La Carraca, en San Fernando (Cádiz), es el primero cronológicamente de los construidos en el siglo XVIII. El de Ferrol se situó primativamente en La Graña (1727) y, ya en tiempos de Fernando VI y a impulsos del marqués de la Ensenada, se trasladó al actual emplazamiento del Esteiro. En el arsenal de Cartagena, una de las bases de la Escuadra de Galeras de España desde el siglo XVI, comenzaron las obras en 1731. Las obras finalizaron en 1782. En tanto que no estuvo terminada la construcción de estos astilleros, Guarnizo continuó en plena producción de excelentes navíos y fragatas hasta 1732 en que decayó la producción, reactivándose durante el período de 1745 a 1768 debido a las necesidades urgentes de la Armada. En América se fabricaron numerosos navíos durante los siglos XVI y XVII, de forma que en el último tercio del siglo XVII la quinta parte de los buques utilizados en las flotas de Indias fueron construidos en astilleros como los de La Habana y Guayaquil; el atraso técnico obligó al abandono de este último astillero a mediados del siglo XVIII. No sucedió así con el de La Habana, pues la fortaleza, seguridad y longevidad de los navíos salidos de sus gradas fueron proverbiales; así, desde 1715 a1759, la tercera parte de la producción española de barcos era habanera. Deseando el marqués de la Ensenada modernizar la construcción naval, encomendó a Jorge Juan pasase secretamente a Gran Bretaña y otros países europeos para estudiar los métodos empleados en ellos y contratar técnicos expertos en el diseño y fabricación de barcos. En 1750, Jorge Juan regresó a España con un equipo de arquitectos navales ingleses, con los que redactó el proyecto de construcción de navíos y fragatas que dio origen al impropiamente llamado "sistema inglés", pues en él Jorge Juan aplicó por primera vez sus profundos conocimientos de Mecánica, Teoría del Buque y Cálculo infinitesimal (1752), que luego publicaría en el Examen Marítimo (1771). Los buques diseñados por este sistema fueron considerados como sólidos, marineros y veloces. La caída en desgracia del marqués de la Ensenada trajo consigo, a la larga, que se llamase en 1770 al arquitecto naval francés Francisco Gautier (1715-1782) para que se hiciese cargo de la construcción de buques de la corona, con la idea de aumentar el tonelaje y artillado de los navíos que hasta entonces se había limitado a los de 80 cañones como máximo. Los buques construidos por el sistema francés de Gautier resultaron ser veleros y de buen gobierno, aunque tormentosos en las cabezadas y adquirían demasiada escora con viento fresquito.



EXPEDICIONES

Ya en pleno siglo XVIII se reanudaron las expediciones geoestratégicas abandonadas a finales del siglo XVII, con la participación muy cualificada de los marinos y los navíos de la Armada. En la costa noroeste de la América septentrional se registran la de Juan Pérez (1774) que alcanzó los 54º de latitud norte; la de Bruno Heceta y Juan Francisco de la Bodega y Cuadra (1775) que llegó a los 58º30' de latitud norte con la colaboración de Francisco Antonio Mourelle; la siguiente fue de Arteaga y Bodega y Cuadra (1779), también con Mourelle, que sobrepasó los 60 grados de latitud. A esta expedición siguieron dos a cargo de Esteban José Martínez y Gonzalo López de Haro (1788-1789), la de Francisco de Eliza (1789) y Salvador Fidalgo (1790). Para explorar el supuesto estrecho de Juan de Fuca y confirmar la inexistencia del paso también llamado de Ferrer Maldonado, salieron de Acapulco las goletas Sutil y Mexicana (1792), al mando de Dionisio Alcalá Galiano y Cayetano Valdés, lo que efectuaron corroborando la impresión de Manuel Quimper (1790).

A estas expediciones siguieron las de Jacinto Caamaño (1792), Bodega y Quadra (1792) y, por último, la de Francisco de Eliza y Juan Martínez de Zayas (1792). En América del Sur y aguas adyacentes se ordenaron expediciones a cargo de Hervé, que visitó la isla de Pascua (1770), y Gil y Lemos, las Malvinas (1768-1769); mientras la Patagonia era explorada e hidrografiada por Antonio de Córdoba (1725-1726), Quiroga (1745), José de Moraleda (1792-1794), Elizalde (1790-1791) y Gutiérrez de la Concha (1794-1795). Filipinas fue hidrografiada por Juan de Lángara en 1765, 1772 y 1774, y Tahití por Domingo de Boenechea. Las costas del golfo de México fueron exploradas y cartografiadas en sucesivas campañas por Alvear y Lángara en Trinidad (isla de Ascensión) (1773-1774), Hevia en La Florida (1783-1786), Barcáiztegui en Cuba (1788-1801), Churruca en las Antillas (1792-1793) y Fidalgo en Tierra Firme (1792-1805).

 

A todas estas expediciones sobrepasó la de Alejandro Malaspina y José de Bustamante, en su viaje científico y político por los océanos Atlántico y Pacífico, realizado con las corbetas Descubierta y Atrevida desde 1789 a 1794, que junto a los de Cook (1769-1778), Bougainville (1766-1769) y el conde de La Pérouse (1785-1788), constituyen la cima de las exploraciones geográficas, científicas y naturalistas propiciadas por la Europa ilustrada del siglo XVIII. Las corbetas salieron de Cádiz (1789) y después de visitar Montevideo y las Malvinas, emprendieron larga travesía hasta la isla de Chiloé; tocaron en Valparaíso, Talcahuano y la isla de Juan Fernández; recorrieron la costa del Perú, entrando en Coquimbo y El Callao, para dirigirse a continuación hacia Guayaquil y Panamá. Se reunieron en Acapulco el 1 de marzo de 1791; y de allí partieron para Alaska en busca del célebre paso de Ferrer Maldonado, que no encontraron. Tras tocar en Monterrey, regresaron a Acapulco a mediados de octubre del mismo año. De allí se dirigieron a Guam (Marianas) y continuaron a Luzón (Filipinas). La Atrevida viajó a Macao, mientras la Descubierta recorrió la costa de Luzón; una vez reunidas (1792) partieron hacia Australia, tocando previamente en Zamboanga (Mindanao) y Dusky (Nueva Zelanda); en Australia visitaron el Puerto Jackson y Sydney. Después de explorar unos días las Vavao (Tonga) entraron en El Callao (1793). Desde allí emprendieron el regreso a España y, después de permanecer en Montevideo en febrero de 1794, llegaron a Cádiz en septiembre del mismo año. Lamentablemente, debido al proceso político a que fue sometido Malaspina a poco de llegar, gran parte del material documental, artístico y cartográfico producido por la expedición permaneció inédito durante largos años.


EFEMÉRIDES

La decadencia padecida por la nación española a consecuencia del calamitoso reinado de Fernando VII (1808-1833), que se prolongó hasta más allá de la regencia de su viuda María Cristina de Borbón (1833-1843), tuvo notables repercusiones en la Armada, principalmente en los campos científico y tecnológico, mantenidos a niveles mínimos gracias a la meritoria labor desarrollada por unos pocos supervivientes de mejores épocas, que se negaban a asistir impávidos al derrumbamiento total del espléndido pasado reciente del siglo XVIII..

José Sánchez Cerquero (1784-1850) tuvo el acierto de reorganizar en 1831 el Real Observatorio de San Fernando, la institución científica más prestigiosa de la Armada, consiguiendo acopiar un instrumental astronómico de primera calidad. Desde 1856 comenzó a impartirse en esta institución el Curso de Estudios Superiores, que nutrió de oficiales con una alta preparación científica al propio Observatorio, al Depósito Hidrográfico, a las comisiones científicas y al Colegio Naval. Gracias a ellos, se reactivó la Hidrografía, creándose la comisión de la Península (1860), encargada de levantar la cartografìa de las costas españolas e islas adyacentes, la cual se complementarìa con las de las Antillas y las Filipinas, creación de un Centro Meteorológico Marítimo y, en 1878, la del Centro de Agujas Magnéticas.

La Armada se nutrió a lo largo del siglo XIX de instrumentos náuticos importados principalmente de Gran Bretaña y Francia; no obstante, existían talleres para la fabricación y reparación en los tres arsenales de Ferrol, Cartagena y La Carraca. Desde 1882 permaneció en actividad tan sólo este último, que en 1904 se trasladará al Observatorio de San Fernando como sección de Instrumentos Náuticos. Respecto a la navegación, la Armada continuó utilizando hasta bien entrado el siglo XX, los tratados y tablas astronómicas de José Mendoza y Ríos, con algunas adiciones y trabajos originales de Sánchez Cerquero (1784-1850), Fernández Fontecha (1834-1889) y Terry y Rivas (1838-1900).

 

La llegada al trono de Alfonso XII, que trajo consigo el fin de la guerra carlista y la de Cuba, originó la ineludible necesidad de crear una fuerza naval proporcionada a nuestros intereses europeos y ultramarinos, que en cierto modo nos liberase de la dependencia tecnológica del extranjero; de ahí nacieron las inquietudes de un grupo de notables oficiales de la Armada dedicados con tesón a la investigación en las diferentes especialidades de su profesión y que lucharon con ahínco para sacar a España del atraso científico en que la habìan sumido las convulsiones políticas y militares del siglo XIX. Así, destacó en el campo de la Artillería naval el brigadier de la Armada José González Hontoria (1840-1889), autor de un sistema de cañones de acero, retrocarga y ánima rayada de los calibres de 7 a 32 cm que fue declarado reglamentario en la Armada. En las Armas Submarinas fueron apreciables los estudios de Joaquín Bustamante y Quevedo (1847-1898), que dieron origen a una mina de orinque, declarada reglamentaria en 1885. El entonces teniente de navío de primera Fernando Villaamil (1845-1898) fue comisionado por Pezuela, ministro de Marina, para estudiar las especificaciones de un tipo de buque que, al mejorar las características de los torpederos de la época, pudiese alcanzar las necesarias para acompañar a las escuadras en toda clase de navegaciones.

Fruto de sus estudios fue el proyecto del crucero-torpedero Destructor, construído en Escocia (1886), en realidad el primer cazatorpedero que existió, y su concepción, ampliada y desarrollada en la Gran Bretaña, dio origen a un nuevo tipo de buque de guerra: el Destroyer, nombre adaptado tardíamente en España como destructor, haciendo honor al prototipo concebido por Villaamil.

En el campo de la historiografía marítima destaca la ingente obra del capitán de navío y académico Cesáreo Fernández Duro (1830-1908), autor entre otros trascendentales estudios, de la historia de la Armada española desde la unión de Castilla y de León (1895-1903) en nueve volúmenes, y las Disquisiciones Náuticas (1876-1881) en seis, trabajos aún no superados hoy en día.

El último cuarto del siglo XIX contempló también el renacimiento de la Marina Mercante española que competirá en las líneas comerciales marítimas de Europa, Extremo Oriente, ambas Américas y las costas occidentales de África: Compañía Transatlántica Española, Compañía del marqués del Campo, Compañía Pinillos, Isleña Marítima, Vasco Andaluza, Guipuzcoana, Valenciana de Correos, Serra, Pi y Compañía, etc., todas con magnífico historial y semilleros de buenos profesionales de la mar, que demostraron tanto en paz como en guerra sus cualidades humanas y técnicas, lo cual les proporcionó una alta estimación entre las corporaciones nacionales más solventes. La fundación en 1876 de la Real Sociedad Geográfica, hizo volver los ojos de la España de la Restauración hacia los intereses nacionales en África. Esta actividad en parte civilizadora y en parte promotora de objetivos económicos y comerciales, se vería frenada en Marruecos por los continuos incidentes protagonizados por moros incontrolados que tuvieron lugar a partir de 1886. La tensión entre España y el Imperio marroquí subió de tono progresivamente, hasta que el 2 de octubre de 1893 fueron atacadas por los rifeños las fortificaciones de la frontera de Melilla. La Armada colaboró en el restablecimiento de la situación con el traslado a la plaza amenazada de un ejército de 20.000 hombres, así como bombardeando las posiciones de los marroquíes con la artillería de los buques de la Escuadra (1893-1894).